“Sit tibi terra levis”

“Que la tierra te sea leve”, esculpían los romanos en las lápidas de sus tumbas. Que no te pese la tierra que te entierra bajo tierra. Que no sientas la opresión de dos metros de pesados terrones sobre ti. Que tumbado en tu tumba, no te sientas incomodo. Estas ideas, mas una principal de trascendencia del alma, son las que nos generan esta alocución o sentencia latina que, como nuestro “descanse en paz”, estampaban hace unos dos mil años en todo el orbe romano. Que descansemos en paz, después de una vida de trabajo y sufrimiento en este valle de lágrimas, es lo que nos aconsejan cuando abandonamos este mundo cruel. ¡Que bastante hemos luchado en este campo de batalla, como para que tener que seguir batallando bajo tierra! ¿Y qué otro remedio nos queda, -cuando partimos de este mundo-, que seguir dicho consejo, ya que en este, o no hemos podido o no nos han dejado o no hemos querido?

Y esta idea de descanso, de descansada muerte, es un tópico que se encuentra recogido en numerosas obras de nuestros más insignes poetas y escritores. Ya escribía Jorge Manrique en las coplas a la muerte de su padre:

- “Partimos cuando nacemos / andamos mientras vivimos / y llegamos, al tiempo que fenecemos/ así que cuando morimos/ descansamos”.

Y todo lo anterior viene a cuento por que es Noviembre y la tierra se va enfriando. El sol va declinado desde las alturas estivales y los tempranos atardeceres, anuncian la larga noche invernal. Las campanas doblan por aquellos que nos dejaron en el desconsuelo y su recuerdo se materializa acompañándonos durante un corto espacio de tiempo por el tortuoso camino de nuestra existencia.

El cementerio rebosa de floridos ramos, de relucientes coronas y de vacilantes luminarias que alumbran las hileras de nichos recién encalados. La noche de difuntos, el camposanto se puebla de vivos que caminan entre los muertos. El dulzor agrio de la presencia de la muerte impregna el aire que balancea los altos cipreses y la luna blanquea con su plateado reflejo el frío panteón.

Me gustan los cementerios. No soy de esa clase de personas que huye de todo lo que huele a muerte ya sea por mi profesión o por naturaleza. He visto muchos cementerios y seguiré recorriendo sus calles... mientras viva. Si tenéis la posibilidad de visitar Florencia, cruzad el Arno, por el Pontevecchio. Subid, dando un agradable paseo, por la colina en la que se levanta la pequeña basílica de San Miniato al Monte, con su correspondiente abadía y un camposanto que la circunda.

En él, se puede admirar uno de los enterramientos más bellos del mundo:

Sobre el panteón, una madre protege con su manto a cuatro pequeños. Al fondo, en segundo término, la ciudad de Florencia se nos muestra en todo su esplendor, cúpula de Santa Maria dei Fiore incluida.

Pasa lo mismo, salvando las distancias, con nuestro cementerio de San Fernando, donde la Vega del Guadalquivir y las estribaciones de Sierra Morena , dibujan un telón de fondo que para si quisieran muchos de los camposantos de la comarca. Y es que el cementerio es camposanto y mirador a la vez, quizás, por eso, el ver a nuestros seres queridos en su última morada, -y con estas vistas-, se nos haga la visita mucho más placentera, y a ellos, su estancia, mucho más soportable.

Acertó la corporación municipal, de finales del siglo XIX, en la ubicación de este nuevo cementerio, que venia a sustituir al cementerio municipal de la ermita del Rosario, (hoy, terraza “Cervantes”, y no hace tanto, cine de verano). Hubo otro camposanto anterior rodeando la Iglesia de Santa Maria la Blanca, (en la actualidad, iglesia y parroquia de la Inmaculada Concepción), y que ocupaba la zona más elevada de esa manzana de casas (desde la Iglesia hasta la calle Padre Revuelto). Debemos tener en cuenta, que si este primer cementerio municipal se situaba en el interior del casco urbano, el de la ermita del Rosario, se emplazó en el extrarradio del casco urbano y que el posterior desarrollo del pueblo lo fue fagocitando lentamente.

Han existido otras necrópolis más antiguas alrededor de nuestro pueblo, en particular, la que se descubrió hace unos 30 años tras la desaparecida herrería de Matías, (hoy, bazar chino) y que parece ser que fue una necrópolis musulmana. También se cita otra en los alrededores de la antigua estación de ferrocarril (hoy y mañana , futuro centro de interpretación).

Asimismo, descubrióse, en el siglo XIX, -lo cita Ramírez de las Casas-Deza-, una tumba en la ladera norte del castillo, que contenía,- además de los restos humanos-, varios objetos suntuarios.

Cabria suponer que los habitantes y moradores del castillo poseían su cementerio “privado”, que bien pudiera situarse dentro del recinto fortificado o en esta ladera norte, -sobre la que se desparrama el pueblo-, y que la tumba aparecida en ella, indicio de un área de enterramientos más amplia.

Estamos asistiendo, en los últimos tiempos, a una modificación en las costumbres funerarias, que dichos sea de paso, es un fiel reflejo de los cambios sociales producidos en la sociedad española durantes los últimos lustros. Atrás quedaron los velatorios nocturnos, el préstamo de las sillas del Ateneo o del cine para hacer más soportable el largo duelo, el luto mas riguroso, el cortejo funerario atacando la subida de la calle de los muertos o el doblar de las campanas, mucho más lento y acompasado que el actual, que a veces parece que tocan “a rebato”.En fin, muchos de los viejos usos que han pasado a mejor vida.

Hoy nos gusta esparcirnos por el aire y que el viento nos lleve adonde le de la gana, o que nos arrojen convertidos en grises restos al Guadalquivir o al pantano de La Breña II, o que nos esparzan como abono nitrogenado sobre el huerto, parcela o finca de nuestra propiedad. Es una elección tan valida como el que nos metan en un ataúd y dejarnos pudrir lentamente. Por que después de la muerte, solo nos queda el recuerdo. Un recuerdo que se va diluyendo poco a poco, al mismo tiempo que la cotidianidad,- lo de todos los días-, va ganando terreno. Por eso se merecen, nuestros difuntos, que le dediquemos, al menos, un día al año. Por eso... y por muchas cosas más.

Y dejémonos de calabazas, de trucos, de tratos, de toda suerte de monstruos de serie B y de increíbles conversiones en “zombis” por una infección vírica.... que el Carnaval se celebra en Febrero.